miércoles, 3 de octubre de 2012

De la fiesta a la flahs


Por Mario Herrera

Cada vez me siento más mal por nosotros los mortales. Cada vez entiendo menos esa necesidad que tenemos de publicar nuestra vida, o las ajenas. Y hay gente que siente un limbo delicioso cuando pasa algo así.

Recién acabo de regresar de casa de unas amistades, donde se suponía veríamos el inicio de la UEFA Champions League de fútbol, pero nunca llegó la señal. Lo que sí vino fue alguien a probar una cámara un equipo súper sofisticado, casi de estreno. La primera carpeta mostraba a una presentadora conocida de la televisión, mientras disfrutaba de sus más preciados e íntimos momentos.

Apareció el morbo. Aquella habitación llena de hombres, mujeres, jóvenes pendientes a cada detalle. “¡Mira eso!, ¡qué lástima!, ¡qué asco!, ¡si yo la cojo…!”, fueron algunas de las expresiones. No pude sentirme peor.

A veces tenemos algo de culpa en lo que nos sucede. Tentamos al Diablo y Él termina riéndose de nosotros con su habitual ironía. Otras tantas ponemos en manos no adecuadas nuestra privacidad. Entonces aparece: “¡Hey, tengo unas fotos de…! ¡Dámela!”, y pasan de móvil en móvil, de memoria a memoria, de una computadora a otra.

Entre tanto, “la mujer más linda del mundo” se mueve dentro de La Habana sumida quizás en la mayor ignorancia hasta que alguien la despierte de la manera más brusca: “¡Toma! ¡Un power point con una fiesta tuya!”. Nos tortura entonces la imagen de una noche que debió ser, cuando menos, excitante.

¿Por qué nos echamos a perder la magia los unos a los otros? ¿Por qué publicar tan preciados momentos? ¿Acaso no es suficiente compartir ese pedacito de nuestras vidas? ¿Por qué dar a personas con poder de decisión la posibilidad de hacernos o hacerle daño a alguien que nos entregó su pasión? Y no puedo culpar al decisor que tome una medida que proteja la imagen, quizás ya afectada, de su espacio televisivo.

Me pongo en el lugar de ella. Hoy debe decir: “¿Quién me habrá mandado? ¡Qué hij…!”

Me he sentido mal desde entonces. Fui a ver la Champions y terminé, sin quererlo, en la habitación de la mujer más linda del mundo, y ella nunca lo supo.