miércoles, 18 de febrero de 2015

¡Punto para Cuba, otra vez Melissa Vargas!





Una quinceañera se ha convertido en la mejor voleibolista de Cuba y en una de las más talentosas y mediáticas del continente.

Por Jesús E. Muñoz Machín

Publicado en Revista Muchacha, No.1, 2015

En las selecciones cubanas de voleibol femenino de los últimos años sobresale una joven atleta. Los momentos cruciales de los partidos, instantes que definen la posibilidad de acceder al podio o mejorar posiciones en lides internacionales, llevan el sello de Melissa Vargas Abreu. Heredera del talento de las “Espectaculares Morenas del Caribe”, la cienfueguera tiene apenas 15 años.


Nacida el 16 de octubre de 1999, a los siete años ya daba sus primeros remates en la Perla del Sur. Luego transitó con éxito en copas pioneriles y brevemente por los Juegos Nacionales Escolares. Hace dos temporadas, ¡con solo 13 años!, comenzó a liderar la selección absoluta de Cuba en diversos certámenes.

A los ojos de su madre Oristela y su padre Antonio sigue siendo una muchachita, pero ante la mirada de aficionados y especialistas de todo el mundo, es una estrella del deporte de la malla alta.

Pese a la corta edad, su palmarés avala cualquier elogio. Lo más sobresaliente ha sido el liderato de puntos en la XIII Copa Panamericana Femenina (México), donde la criolla sentó cátedra al anotar 134 puntos, segunda cota en la historia del evento, sólo por detrás de la puertorriqueña Aury Cruz, quien registró 151 en la edición de 2009. Los principales medios de comunicación del mundo se hicieron eco de la noticia, pues nunca antes una atleta obtuvo tal distinción siendo tan joven.

Otros lauros la han llevado al podio en lides continentales en distintas categorías, así como a participar en el Campeonato del Mundo de Bari, Italia y el Grand Prix, las dos principales justas del pasado año y en las que comandó la selección antillana. Al cierre de 2014 su aporte fue decisivo para alcanzar la medalla de bronce en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, escenificados en la ciudad mexicana de Veracruz.

Impetuosa sobre la cancha, la sureña es capaz de elevarse y superar el bloqueo más exigente. ¡Melissa es Cuba!, suelen decir algunos narradores deportivos luego de un remate de la espigada jugadora de alrededor de 1,92 centímetros de altura.

Mucha responsabilidad tiene esta adolescente, guía de la nueva hornada de voleibolistas cubanas que intenta emular lo obtenido por generaciones anteriores. El reto es grande: las tres coronas olímpicas en Barcelona (España, 1992), Atlanta (Estados Unidos, 1996) y Sidney (Australia, 2000), además del bronce de Atenas (Grecia, 2004), colocan el listón muy alto.

Pero Melissa sale a disputar cada partido con sed de triunfo y sin temor a ser protagonista. Ataca con fuerza desde las diferentes zonas del mondoflex, posee un servicio potente, sus brazos –cual torres de chocolate- ganan en precisión para detener la ofensiva rival. La única asignatura pendiente quizás sea el recibo.

Desenfadada en los tabloncillos, no es muy dada a las declaraciones o entrevistas a la prensa. Lo que deba decir, lo deja claro con sus acciones de juego.
 
El éxito tampoco le arrebata la inocencia. Extraña su tierra, reunirse con la familia y las amistades que le profesan el cariño más íntimo. La carrera deportiva también está plagada de sacrificios, ausencias y añoranzas.

Cada tanto de la sureña a favor del equipo de las cuatro letras –CUBA- es una fiesta. Millones de mujeres y hombres sienten suyas las conquistas de la cienfueguera y desean que las descripciones terminen siempre así: ¡Punto para Cuba, otra vez Melissa Vargas!