sábado, 29 de abril de 2017

Los espacios de la masculinidad



Por Joan Sanfélix Albelda

¡Ya no quedan hombres! Seguro que lo habéis escuchado en alguna ocasión. Probablemente en tono irónico, o quizás no tanto, porque en el fondo esta afirmación no es para nada baladí. Más allá de la desaparición del hombre verdadero los que sí que parecen empezar a desdibujarse son los espacios de la masculinidad, es decir los lugares donde reproducir esa identidad tradicional que sin este anclaje socio-espacial tiene más complicada su supervivencia.

En este momento de profunda transformación en las adscripciones identitarias y en un escenario líquido como define nuestro querido Zygmunt Bauman, las identidades sólidas del periodo fordista característico del siglo XX se resquebrajan. Nuestra estimada masculinidad, la hegemónica, la tradicional, esa que todavía arrastramos, no escapa tampoco de este fenómeno.

Abstraído en las labores del trabajo de campo y el análisis para mi Tesis Doctoral ando últimamente bastante fascinado por la pérdida del paraíso prometido, ese que ya nunca alcanzará la masculinidad aunque trate desesperadamente de buscarlo. Y lo interesante desde el punto de vista socioantropológico es que esa búsqueda tiene una lógica claramente espacial que se canaliza por los subterráneos de lo social y que resulta con frecuencia ininteligible.

Hemos dicho alguna vez que la masculinidad era la calle o la plaza, que le gusta asumir riesgos en escenarios de lo más diversos, que tiende a ser exclusiva, expulsiva, repulsiva. No woman’s land. El reto se convierte ahora en buscar esos espacios puros no contaminados de la varonilidad si es que todavía existen y las lógicas de su persistencia, como propone Michael Kimmel para el contexto norteamericano en su Guyland. Si las mujeres ya hace tiempo que están presentes en las universidades, la política, el mundo empresarial o incluso ¡en el fútbol y los bares! ¿Qué lugares les quedan a los hombres? ¿Ya no existe ese espacio de alguna manera ritual donde se le rinda culto a la hombría en un escenario de potenciación, yo diría veneración, de las esencias masculinas?

Existen, aunque cada vez haya menos, o puede que sean menos explícitos o más difíciles de localizar en el complejo entramado social. Las mujeres aparecen regularmente en estos espacios a veces de manera activa, pero en muchas otras ocasiones adoptando códigos masculinos o simplemente formando parte del decorado con roles claramente diferenciados que no rompen con la lógica varonil del lugar, aunque este punto necesita de mucha profundización empírica y analítica en la que todavía estoy profundamente sumergido.

Eric Dunning por ejemplo, habla del deporte, especialmente el fútbol para nuestro contexto sociocultural, como male preserve y como espacio para validar las experiencias aprendidas de masculinidad y no parece andar desencaminado. ¿Es el deporte, el fútbol, el último bastión de la masculinidad mediterránea-europea? Pero entonces, ¿qué pasa con las mujeres en el fútbol, el fútbol femenino y los equipos mixtos? 


Es difícil de precisar, pero aún así, todo apunta que en esa búsqueda compulsiva por recuperar o defender los espacios de la masculinidad, rollo mitopoético o Daryush Valizadeh de turno, los hombres de diferentes perfiles y edades tratan de localizar desde la profundidad de los esquemas de su instinto social, el habitus de Bourdieu, espacios de culto a esa particular religión que sienten amenazada. No hay que olvidar que esa masculinidad funciona en muchas ocasiones como un refugio identitario, como sugiere Oscar Guasch.


Más allá del fútbol, seguimos encontrando lugares como los bares, actividades como la caza, aunque esta sea minoritaria, o ciertos espacios públicos en nuestros pueblos y ciudades significativamente masculinizados, pese a que en la estampa aparezca alguna mujer que rompa con la pureza mágica del instante viril. Aun así, la imagen de una masculinidad condensada, una pompa de inmanencia, es relativamente fácil de encontrar en muchos de nuestros pueblos, por ejemplo entre los hombres más mayores jugando al domino o a la petanca o en el grupo de pares adolescente jugando al fútbol en la calle.




Por último, sin ánimo de entrar al debate sobre esta temática que empieza afortunadamente a ser abordada de manera científica, el consumo de prostitución, los prostíbulos, las zonas donde esta actividad se ejerce son espacios paradigmáticos de la dominación masculina y por tanto de exaltación de esos valores tradicionales de una masculinidad obsoleta, anacrónica, disfuncional en sus, esperemos, últimos y coletazos.

En definitiva, la masculinidad tradicional busca, defiende o trata de crear o reproducir los espacios que percibe como propios y exclusivos de los hombres, aquel paraíso de la dominación que se desmorona, que ya no se sustenta, pero que en tanto que creencia compartida continua teniendo cierta capacidad hechizante sobre los cuerpos masculinos.

Tomado de: http://www.eixam.es/los-espacios-de-la-masculinidad/ 


Recursos

http://www.eldiario.es/andalucia/consumen-prostitucion-proclamar-masculinidad-tradicional_0_320568118.html

Bauman, Zygmunt (2006). Vida Líquida. Barcelona: Paidós.

Guasch, Oscar (2003). Ancianos, guerreros, efebos y afeminados: tipos ideales de masculinidad. En J.M. Valcuende y J. Blanco (Eds.), Hombres. La construcción cultural de las masculinidades (pp. 113-124). Madrid: Talasa Ediciones.

Dunning, Eric (1999). Sport matters. Sociological studies of sport, violence and civilization. London: Routledge.

Gómez, Águeda., Pérez, Silvia y Verdugo, Rosa María (2015). El putero español. Quiénes son y qué buscan los clientes de prostitución. Madrid: Catarata.

Kimmel, Michael (2009). Guyland. The perilous world where boys become men. New York: Harper.