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domingo, 9 de julio de 2017

Hombres de aceite




Cuando entró en la prisión, a Michel nadie le ofreció un decálogo de comportamiento. Para sobrevivir aprendió solito, por ejemplo, cómo darse a respetar cuando eres el nuevo. Aprendió que un cuerpo musculoso intimida más que uno flacucho o soso. Pero no podía saber que el aceite comestible que se inyectó en los brazos para aumentar su masa, pudo terminar en la amputación… o la muerte.

Texto y fotos: Eduardo González Martínez


Ahora, sentado en el banco del gimnasio, lleva casi una hora ejercitándose y bromeando. Cada cierto tiempo, recibe pases por su buen comportamiento. Está recluido en lo que llaman la “mínima”, donde van aquellos con delitos menores o cercanos al final de su condena.

“Vamos a sentarnos pa´ otro lado, pa´ estar tranquilos”, dice después de una hora de ejercicios. El día fue suave, con “un poco de pecho y algo pal tríceps, pa´ mantenerme”.

El barrio, cercano a la periferia de la ciudad de Pinar del Río, permanece tranquilo a esta hora. Por las calles llenas de polvo —o fango cuando llueve—, unos chiquillos de secundaria corren rumbo al gimnasio.

“Eso lo hacemos escondidos. Es para estar bonito, tú sabes, para el pase y eso”, dice y sonríe. “Hay gente en la prisión que son bolas por todas partes, como quistes, como si fueran a explotar”, explica y señala unos brazos ficticios, hiperbolizados.