lunes, 21 de diciembre de 2015

Machismo a la cubana IV: Entre avances y retrocesos




Por: Jesús Muñoz Machín y Sara Más Farías
 
Aunque son más visibles los avances de las cubanas en el llamado espacio público que los protagonizados por los hombres en el ámbito familiar y privado, de cualquier modo ambos denotan cambios.

La idea de que «los hombres buscan una mujer que ya no existe y ellas a un hombre que no existe todavía» puede resumir, de algún modo, el estado contradictorio de ese proceso en el cual ellas han llevado la voz cantante a la hora de ocupar nuevos espacios, amparadas en políticas que promueven la igualdad de derechos y oportunidades.

En la vida cotidiana emergen matices. La psicóloga Mayda Álvarez es de las que afirman que en Cuba hay un machismo erosionado.

«Se ve en hombres que se involucran más en la atención de los hijos y las actividades domésticas, aunque sea tras la puerta para que no los vean; también en una paternidad más implicada de padres jóvenes que atienden las necesidades del bebé, lo llevan al médico, a la escuela, van a las reuniones escolares…», cita como ejemplos.

«Tampoco podemos decir que son grandes cambios, pero es que no podemos esperar transformaciones exponenciales en una sociedad que lleva siglos configurando una paternidad proveedora y controladora», asegura la periodista Isabel Moya.

Y reconoce que hay cada vez más paternidades involucradas, ámbito en el cual se notan más los cambios del llamado universo masculino, Moya alude a la existencia actual de las llamadas «masculinidades híbridas», en las que conviven patrones tradicionales y roles que rompen con la norma.

«Es ese hombre que lava, pero no tiende. Él entiende que su pareja no puede encargarse sola de la casa y comparte las tareas. No obstante, eso queda como una decisión al interior del hogar, pues no desafía lo socialmente establecido. A veces por no estar dispuesto a asumir las bromas de los vecinos o de los compañeros de trabajo», ilustra como ejemplo.

Asimismo se refiere a las «masculinidades en tránsito», que aun portando algunos elementos tradicionales, intentan romper con el canon a nivel social. «Son hombres a quienes ya no les preocupa qué puedan pensar sus pares o las mujeres en relación con esas nuevas formas de expresar su masculinidad. Se refleja, por ejemplo, en la convivencia y respeto que profesan en los espacios públicos hacia personas conocidas o amistades que tienen otras orientaciones sexuales».

Investigaciones del CEM señalan, como evento importante, el reconocimiento de que la mujer puede ocupar cualquier espacio y profesión, del mismo modo que las y los jóvenes distinguen cambios en la manera en que se distribuyen las tareas domésticas.

«El hombre se incorpora más en las familias donde la mujer es trabajadora, asalariada, y más si ella ocupa cargos de dirección o de mucha responsabilidad en la sociedad. Eso lleva a reorganizar la vida, además de que mejora la existencia familiar desde el punto de vista de ingresos económicos o reconocimiento social», explica.

Pero en un escenario donde es cada vez más difícil detectar y enfrentar viejos y nuevos machismos, «no es suficiente con que las mujeres cambien, revolucionen formas de pensar, incluso con que la sociedad cree todo un marco legislativo para respaldar ese cambio, si no se da un vuelco al interior de los propios hombres o de las concepciones que existen sobre lo masculino», asegura Moya.

En esa misma línea de pensamiento, el historiador Julio César González Pagés cree que el cambio debe partir de un cuestionamiento de la cultura y de los nuevos machismos, sobre todo entre los más jóvenes. «Veo una vuelta a ciertas actitudes machistas, como la del hombre que se lo da todo a la mujer, la mantiene, pero ella debe hacer todo lo que él quiera», describe.

González Pagés identifica cierto retroceso en la generación de finales de la década de los noventa y principios de los 2000 en cuanto a la relación hombre-mujer, sobre todo asociado a la vida económica. «En familias o sectores que han ido elevando su nivel de vida, los hombres que detentan el dinero quieren de nuevo una mujer objeto. Y para ella debe existir un hombre macho que tiene que ver con la ostentación y, de cierta manera, la imposición».

En opinión de Moya, hace falta debatir más estos temas desde la subjetividad y los proyectos de vida, desde los modelos que promueven los medios de comunicación públicos, desde las investigaciones y los marcos normativos institucionales.

La igualdad comienza desde la niñez.
Con ella concuerda la directora del CEM, quien apuesta por seguir trabajando en la formación de niños y niñas en la escuela, introducir los temas de género en todas las enseñanzas, seguir capacitando a decisores y a personas con responsabilidades a todos los niveles, llevar ese análisis a la gestión empresarial o institucional y tener en cuenta la mirada de género a la hora de elaborar y proponer políticas.

El doctor González Pagés se declara también un defensor de la capacitación. «Hay que buscar fórmulas para sectorializar. El discurso general no siempre funciona y en estos temas la prevención siempre será la mejor inversión para después no tener que hacer programas con personas que ya son machistas. Desde edades tempranas hay que educar», sugiere.

Y es claro con un ejemplo: «En la calle, si un niño le toca una nalga a una mujer, a veces se le aplaude y se le dice que es muy macho. Quizás allí estés formando un acosador sexual; no hay nada de simpático en esa conducta».

Su llamado de atención se enfoca, igualmente, en que estas batallas sean continuas. «Que nos apropiemos de la ideología que defiende la equidad, que es el feminismo, y desde allí nos posicionemos hombres y mujeres para quitarle ese sesgo de ‘guerra entre los sexos’ a este asunto, porque el machismo afecta a toda la sociedad».



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Publicado en Revista Mujeres