Nota del editor del blog: Este artículo, publicado en 2014 en el periódico Vanguardia aún tiene total vigencia. Interesante y cuestionador de la masculinidad hegemónica y de cómo los prejuicios y los estereotipos que rodean la sexualidad de hombres y mujeres, repercuten negativamente en aspectos importantes de la cotidianidad de una pareja y/o familia.
Por Liena María Nieves Portal
Nadie se percata, pero hace mucho que a ella le preocupa más su integridad física que el placer del hombre con quien ha compartido más de la mitad de su vida. Cuarenta y tres años sobre este mundo, dos hijos adolescentes, cinco abortos inducidos y una premenopausia, que, a ratos, la deprime y le advierte que las maravillas de las cuatro décadas solo brillan en la letra de una canción, son motivos suficientes para exigirle una tregua a los hábitos de un matrimonio que solo complace a una mitad de la naranja.
Lo probó todo, pero nada parece contener una fertilidad que se torna más indomable que los saltos de agua del Niágara, y el acto hermoso al que tiempo atrás se entregaba tras el más mínimo chispazo de atracción, hoy se convierte en una ruleta rusa predestinada a acertar, una y otra vez. Sin embargo, él la desea, y tanto, que está dispuesto a mimarla en las horas de dolor y malestares que sobrevendrán tras la cirugía.
Considera que es lo mejor para ambos, y por el camino que han tomado las cosas, la ligadura despunta como la única vía para reivindicar el sexo como un momento de placer.
El consenso resulta casi unánime a la hora de elegir a la mujer como la candidata ideal a responsabilizarse por el control de la natalidad, dado que, evidentemente, somos las mujeres quienes asumimos los riesgos del embarazo y el parto, o, de lo contrario, de abortos inducidos que ocultan más espinas que rosas tras la pretendida «solución». De hecho, muchas proyectamos este paso con años de antelación, previendo, sobre todo, las jugarretas hormonales del climaterio, que a tantas damas maduras las han sorprendido con maternidades otoñales.